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Prácticamente nada tienen en común los sinuosos recodos del Cosmos con la vasta complejidad de las células humanas y su laberinto de genes, pero tan científicos son los astrónomos como los biólogos moleculares, los físicos como los inmunólogos, los qu+imicos como los zoólogos?
Si algo caracteriza a la ciencia es su vastedad, su promesa evangélica de poseer "moradas eternas" para todos los perseverantes, los disciplinados y los perspicaces. Esta triada de requisitos --tenacidad, rigor e intuición-- la llenan plenamente un grupo de individuos brillantes que en los últimos cien años se esforzaron por comprender mejor algún segmento minúsculo de la ciencia y terminaron haciendo aportes mayúsculos a la humanidad.
Abre la lista el alemán-suizo-estadounidense Albert Einstein, considerado por muchos como el científico del siglo. Aunque quizá no tan metódico y aplicado como la física Marie Curie, Einstein llegó lejos gracias a esa amalgama innata de ingenio y obsesión que no le permitía plantearse preguntas sin dar con la respuesta.
Alexander Fleming, cuyo nombre se liga al instante con la penicilina, y Jonas Salk, primero en someter a la temida poliomelitis, tuvieron la agudeza suficiente para leer entre líneas y ver más allá de lo que mostraban las apariencias.
Otros investigadores que hicieron historia al trascender lo establecido fueron Edwin Hubble, quien en 1923 probó que el Universo se expande, y Stephen Hawking, cuyos estudios cambiaron las verdades sobre los llamados hoyos negros del Cosmos.
Mas no todo fue bueno. La información "neutral" aportada por algunas de estas personas ha sido utilizada después por gente inescrupulosa para destruir o amedrentar. Se creó el transistor, el plástico, la televisión y la computadora, pero también la bomba atómica.
Este perenne forcejeo entre el bien y el mal abrirá a la ciencia nuevos horizontes en el siglo que se asoma, y la esperanza es que el ser humano comprenda, antes de que sea muy tarde, que no todo lo permitido es provechoso.
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