Poseedor de una casi instintiva vocación matemática, Galileo nació en la ciudad italiana de Pisa, el 15 de febrero de 1564.
A los diecisiete años se inscribió en la universidad para hacer estudios de medicina, pero no logró terminar la carrera pues su interés estaba puesto en las ciencias exactas. Estudió a Euclides y Arquímedes, y además de observar la naturaleza, se ocupó de los asuntos relacionados con la mecánica.
Su curiosa mirada auscultaba cuanto ocurría a su alrededor, y así fue como las oscilaciones regulares de una lámpara colgada en la bóveda de la catedral llamaron poderosamente su atención. Esto lo llevó a pensar en aplicar el movimiento constante a la medición del tiempo.
En 1586, logró crear una balanza que permitía medir el peso de los cuerpos.
Su capacidad de deducción, basada en la observación de su entorno, le valió el respeto entre los hombres de ciencia y el prestigio ganado le sirvió para convertirse en profesor de matemáticas en 1589.
Sin embargo, ni entonces ni nunca obtuvo una retribución que le permitiera vivir dignamente. En este tiempo, no obstante, la muerte de su padre lo colocó en situación poco menos que desesperada pues le correspondió hacerse cargo de su familia.
En 1592 le fue concedida la cátedra de matemáticas en la Universidad de Padua, pero tampoco ahí sus ingresos lograron satisfacer sus requerimientos económicos. Su única alternativa viable entonces, fue solicitar adelantos y aumentos de sueldo que no siempre le eran concedidos, e impartir clases particulares.
Pese a todo, su estancia de 18 años en Padua tuvo un satisfactorio saldo personal pues se relacionó con hombres de ciencia y su amante Marina Gamba le dio tres hijos. Además, sus logros científicos fueron importantes.
Basado en el anteojo que se había puesto de moda en los países bajos, construyó un telescopio que le permitió observar fenómenos celestes, descubrir los cuatro satélites de Júpiter y estudiar las manchas de la luna y el sol. Su libro "Sidereus nuntius", da cuenta de sus hallazgos.
Aunque Galileo sufrió entonces las críticas de los tradicionalistas, y otros hombres de ciencia que intentaron desacreditarlo, el reconocimiento de científicos de la época como Kepler, por ejemplo, lograron reivindicar su imagen. Como resultado, ganó también la protección de Cosme II de Médicis.
Con todo, Galileo conocía el poder de la inquisición y sabía que sus observaciones celestes no se apegaban a la realidad aceptada por la Iglesia. Su antecedente más cercano era que Copérnico, cuyas conclusiones eran avaladas por sus estudios, empezaba a ser sospechoso de herejía. Aun así, siguió adelante con la pretensión no de desafiar a la Iglesia, sino de convencerla de que sus teorías científicas estaban equivocadas. El resultado: la Iglesia le abrió proceso con actitud enérgica para proclamar su poder y preservar su autoridad.
En 1616 fue citado por primera vez y conminado a alejarse de las ideas de Copérnico, pero Galileo mantuvo recta su convicción hasta que en 1663, a los setenta años, fue convocado nuevamente para afrontar un humillante proceso que duró 20 días.
Fue condenado a abjurar de su doctrina y a prisión de por vida, pena que más tarde aminoró y recibió permiso para aislarse en su villa rural de Arcetri, donde murió el 8 de enero de 1642.